La ciencia que construye futuro
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María Angélica Fellenberg, Vicerrectora de Investigación y Postgrado Pontificia Universidad Católica de Chile, Gentileza

Opinión | La ciencia que construye futuro

Por: María Angélica Fellenberg, Vicerrectora de Investigación y Postgrado Pontificia Universidad Católica de Chile.

La reciente transferencia internacional de Neurotinib, un potencial fármaco desarrollado por las académicas UC Silvana Zanlungo y Alejandra Álvarez para enfrentar enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y el Parkinson, marca un hito para la ciencia chilena. No solo porque demuestra que desde nuestras universidades se pueden generar soluciones con proyección global, sino también porque evidencia algo mucho más profundo: detrás de las tecnologías que hoy tienen potencial de cambiar vidas existen años, muchas veces décadas, de investigación científica, formación de capital humano avanzado y construcción de capacidades.

Hace solo algunos días, este caso fue uno de los destacados durante la celebración del Día de la Transferencia y la Propiedad Intelectual en la Universidad Católica, una instancia que permitió visibilizar cómo desde ámbitos muy diversos del conocimiento, desde la medicina y la biotecnología hasta la educación, la ingeniería, el diseño o las ciencias sociales, se están generando soluciones concretas para desafíos reales de la sociedad.

Y quizás ahí está uno de los puntos más importantes de esta discusión. Muchas veces olvidamos que las tecnologías que hoy transforman nuestras vidas nacieron inicialmente desde preguntas científicas que parecían lejanas a una aplicación inmediata. El internet, las vacunas de ARN mensajero o la inteligencia artificial son resultado de décadas de investigación profunda impulsada, en gran parte, por la curiosidad científica y la búsqueda de nuevo conocimiento.

Algunos sectores en Chile, sin embargo, siguen mirando la ciencia muchas veces desde la urgencia y el corto plazo. En medio del debate sobre crecimiento, productividad y desarrollo, vale la pena recordar que las economías más sofisticadas del mundo entendieron hace décadas que invertir en investigación es apostar por el futuro. Como señaló recientemente el economista Ricardo Hausmann, director del Growth Lab de Harvard, el desarrollo no depende solo de destrabar permisos o bajar impuestos, sino también de generar conocimiento, capacidades y sofisticación productiva.


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La transferencia tecnológica cumple un rol fundamental en ese proceso, porque permite conectar el conocimiento con las necesidades de la sociedad. Pero la transferencia no existe sin investigación de base. No existe sin laboratorios que exploran preguntas complejas, sin estudiantes de doctorado formándose durante años, sin académicos capaces de sostener líneas de investigación de largo aliento.

Y ahí las universidades tenemos también una responsabilidad importante: mostrar mejor lo que hacemos, comunicar a la ciudadanía el valor de la investigación y explicar por qué la ciencia importa incluso cuando sus resultados no son inmediatos. Porque muchas veces el impacto de la investigación permanece invisible hasta que una tecnología llega a un hospital, una escuela o una empresa. Sin embargo, detrás de ese resultado suelen existir décadas de trabajo acumulado, formación de talento y construcción de capacidades.

Apostar por la ciencia no es un lujo ni un gasto prescindible. Es una decisión estratégica sobre el tipo de país que queremos construir. Porque invertir en conocimiento es también invertir en desarrollo, bienestar y futuro.