Opinión | Los inversionistas que no "escuchan" la nueva economía
Por Edgardo González, presidente interino de Mustach (Asociación Chilena de Tecnología en la Música)
En el ecosistema de innovación chileno hay una paradoja que cuesta ignorar: tenemos talento, ideas y tecnología, pero falta oído para "lo nuevo". Mientras en el mundo los inversionistas apuestan por startups creativas, experiencias inmersivas o inteligencia artificial aplicada a la música y las artes, en Chile el capital sigue orbitando los mismos planetas: banca, retail, minería y software corporativo. No se trata de despreciar esos sectores —han sido pilares de nuestra economía—, sino de reconocer que el futuro se está gestando en otros lugares.En países como Japón, Corea del Sur o Reino Unido, la tecnología creativa no se ve como un lujo cultural, sino como una industria con retornos económicos y simbólicos medibles. Allá se invierte en proyectos que mezclan arte, ciencia y datos, porque se entiende que la innovación no solo optimiza procesos, sino que crea valor exportable. Ejemplo de ello es "Cool Japan", la estrategia público-privada impulsada por METI -su agencia de asuntos culturales- para aumentar los ingresos de las industrias creativas (con metas explícitas de crecimiento y foco exportador).
Los flujos globales recientes también muestran hacia dónde mira el capital: en 2024, cerca de un tercio del venture capital mundial se volcó a IA, con un salto de más del 80% en financiamiento a compañías de inteligencia artificial respecto a 2023; la tendencia continuó en 2025. En música y tecnología, 2025 ya acumula más de US$700 millones invertidos en la primera mitad del año, con dos categorías líderes: IA generativa (especialmente herramientas B2B y de gestión de derechos) y engagement de fans.
En Chile, en cambio, seguimos midiendo el riesgo con una regla demasiado corta. Nos cuesta ver que detrás de un modelo de negocio tecnocreativo puede haber una empresa con proyección global. El capital local espera certezas; el capital creativo necesita visión.
El desafío no es solo económico, sino cultural. Si queremos una economía más diversa y sostenible, debemos dejar de pensar que la creatividad es un gasto y entenderla como una inversión estratégica con métricas claras. Desde 2021, la llamada "creator economy" ha captado cerca de US$15 mil millones en venture capital a nivel global, según el Creator Economy Database de The Information.
Datos de Chile que no podemos ignorar: las industrias creativas aportan en torno al 2,2% del PIB y generan alrededor de 150.000 empleos; son sectores flexibles, con rápida adaptación a tendencias y cadenas globales de valor. ¿La meta razonable? Aspirar a niveles cercanos a la UE, donde la contribución media de las industrias creativas se estima sobre el 6% del PIB, lo que exigiría duplicar la escala con instrumentos de inversión apropiados. IA como motor (no moda). La evidencia muestra que los inversionistas premian soluciones de IA alineadas con la industria, no las de disrupción "a ciegas": herramientas para workflows creativos, separación de stems, traducción/lip-sync en tiempo real, y plataformas con enfoque B2B y/o de derechos. Ese es el tipo de IA que reduce riesgo, acelera ingresos y tracciona capital.
¿Qué estamos haciendo desde Mustach (Music Tech Chile)? Desde la asociación estamos articulando un portafolio y sello exportador de empresas, conectándolas con fondos, corporativos y mercados internacionales. Nuestro objetivo es claro: transformar talento en industria, aumentar la base exportadora y mover la aguja del PIB creativo con empleo de calidad en territorio chileno.
Eso requiere también vehículos de coinversión público-privada, tickets "early growth" y compras públicas innovadoras que validen el producto local. Con inversión paciente y foco en unit economics, se puede frenar la fuga de talento: más runway en casa, menos expatriación por falta de financiamiento.
Necesitamos potenciar el smart money, o inversionistas de etapa temprana que conozcan la industria. Ahí hay una oportunidad de que los artistas chilenos que la están rompiendo (por ejemplo, en el rubro urbano) se involucren en un rol mixto de ángel o embajadores.
El mundo ya lo entendió: la imaginación puede ser un motor económico. Chile tiene la oportunidad de subirse a ese tren con IA aplicada, marca país en music tech y un pipeline de startups creativas que ya existen. Lo que falta es que nuestros inversionistas afinen el oído y apuesten —con criterio— por la nueva economía.
